Gravilla

Todo huele a humo

Con Heidi había menos contaminación

¿Recuerdan aquella lejana serie de dibujos animados llamada Heidi? Todo era tan puro y contagioso que uno cerraba los ojos unos instantes y podía respirar profundamente el aire de los Alpes Suizos ¡Pedrooooooooooo! Y de repente aparecía el cabrero llenando un tazón de leche directamente de la teta del rumiante. Todo era natural y transparente. La naturaleza más limpia que recuerdo haber sentido sin haber tocado.
Con las etapas de mi movilidad ha ocurrido algo parecido. Primero la bicicleta, después del triciclo, claro; la moto y, por último, el coche. Aquellos primeros recuerdos sobre ruedas eran como las nubes blancas que se posaban sobre el abuelo mientras empujaba la silla de Clara, ¿recuerdan? Y el perro, Niebla, con el barril atado al cuello, y Pichí volando en círculos sobre sus cabezas… 
Luego llegó Marco con su tristeza y su mono Amedio, y Mazinger Z. Y todo empezó a llenarse de humo y estruendo. Y continué con la mirada fija en la pantalla, olvidando por completo a Heidi y a la abeja Maya.

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